«Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos. Proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente. Que las clases dominantes tiemblen ante una Revolución Comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar». (Karl Marx y Friedrich Engels; «Manifiesto del Partido Comunista», 1848)

viernes, 25 de mayo de 2012

Vencer o morir por la CCCP (URSS)


La Cuarta Compañía marchaba por la Plaza Roja en medio de una densa oscuridad que parecía absorber el paso de los soldados españoles.

Hace menos de dos años, poco después de llegar a la URSS, estuvieron aquí, en medio del histórico recinto que tantas veces habían contemplado en las fotos y en el cine. Inundada por multitudes, llena de alegría y risas, la Plaza Roja les pareció mucho más pequeña de lo que imaginaban. Ahora, desierta sumida en el silencio y cubierta de montones de nieve, se hacía inmensa y parecía increíble que a contados kilómetros estuvieran las columnas acorazadas alemanas.

Justo cinco años antes, en el asediado Madrid de 1936, vieron por primera vez a las brigadas internacionales y los “chatos” y “moscas” (cazas soviéticos) que defendieron sus cielos. Pero en aquellos momentos, la línea del frente estaba a escasos kilómetros del corazón de Rusia, y la presencia de la unidad española en la Plaza Roja era prueba de la confianza que gozaban en la URSS los “españoles de Stalin”.

En aquellos días cuando Moscú se preparaba para los combates callejeros los españoles ocupaban posiciones bajo las mismas murallas del Kremlin. No fue fácil conseguirlo. Las leyes soviéticas prohibían el alistamiento de extranjeros en el Ejército Rojo, por lo que la mayoría de los españoles combatieron en unidades especiales destinadas a actuar en la retaguardia alemana, como la Brigada de Misiones Especiales OSMON cuya cuarta compañía estaba integrada solo por españoles.

Entre ellos estaba mi abuelo. Recuerdo cómo le pedía que me contara algo sobre la guerra y su voz cuando decía aquello de “cuando estábamos en las `akopas`…”, españolizando la palabra rusa “okop” (trinchera).

Cuesta imaginar lo que sentían aquellos españoles que apenas dominaban unas cuantas decenas de palabras en ruso cuando se lanzaban en paracaídas en la retaguardia enemiga, donde debían guardarse tanto de los alemanes como de los habitantes rusos, que lo más probable es que los tomasen por rumanos o italianos disfrazados de partisanos. Más mérito aún tienen sus proezas, petrificadas en monumentos sobre las tumbas españolas en Crimea y el Cáucaso, los bosques de Smolensk y Leningrado, y a orillas del Volga convertidas en auténticas leyendas.

En la antigua Stalingrado, a escasos metros del Volga, está la tumba del capitán Rubén Ruiz Ibarruri, héroe de la Unión Soviética e hijo de la “Pasionaria”, Dolores Ibárruri.

Dos combates le cubrieron de gloria. En el primero, cerca de Borísov, al frente de un pelotón de ametralladoras, el teniente Ruiz contuvo el avance de fuerzas alemanas muy superiores hasta perder la última ametralladora y luego sólo con granadas y pistolas lanzó un contraataque que desorientó a los nazis e hizo posible la llegada de refuerzos. Meses después, ya en Stalingrado, tomó el mando de un batallón y poco antes de morir consiguió detener el avance de una división acorazada alemana.

También comenzaron a combatir en la guerrilla los pilotos republicanos, pero en 1942 uno de ellos, Juan Bravo, se encontró por casualidad en Moscú con el general Alexánder Osipenko, jefe de la defensa antiaérea soviética que le conocía desde la Guerra Civil Española.

Fue así como más de 70 españoles lograron combatir en los cielos de la URSS. Por el número de aviones derribados los nombres de varios quedaron grabados en la lista de los hombres destacados de la Segunda Guerra Mundial. Prueba de ello es el hecho de que en la escuadrilla de cinco cazas que escoltó el avión de Stalin a la conferencia cumbre de los aliados en Teherán, tres eran pilotados por españoles, y la encabezaba el para entonces coronel Juan Bravo.

Rusia valoró la aportación de aquel puñado de españoles.

En la capital rusa está situado el Parque de la Victoria, dedicada a los caídos en la Gran Guerra Patria, como llamaban en la URSS a la contienda de 1941-1945 contra Alemania.

Terminado tras la caída del comunismo, el parque alberga una iglesia ortodoxa, una mezquita y una sinagoga, símbolos de las principales religiones de Rusia. En una esquina del parque, en medio de una glorieta, aparece inesperadamente una pequeña capilla católica.

Una lápida en ruso y español recuerda al puñado de españoles que combatieron hombro a hombro con sus camaradas soviéticos.


Cifras de combatientes

*Unos 700 españoles se alistaron voluntarios en el Ejército Rojo y combatieron contra los nazis en la Segunda Guerra Mundial.

*Más de 200 perdieron la vida o se consideran desaparecidos.

*Más de 600 fueron condecorados con diferentes medallas: “Por la defensa de Moscú”, “Por la defensa de Leningrado”, “Por la liberación de Varsovia”, “Por la liberación de Praga”, “Por la toma de Berlín”.

*Más de 70 fueron condecorados con las órdenes: “Bandera Roja”, “Estrella Roja” y “Gran Guerra Patria”.

*Tres fueron destacados con las máximas condecoraciones de la URSS: dos con la Orden de Lenin y uno con la Estrella “Héroe de la Unión Soviética”.

*Otra leyenda, relatada en el diario “Novorossiyski Rabochi”, cuenta que fue un comando español el que trajo de la retaguardia alemana un cuaderno lleno de cálculos matemáticos y fórmulas físicas, que sirvió al gran físico soviético Abraham Yoffe para convencer a Stalin de la urgencia de iniciar el desarrollo de la bomba atómica.



Diario Octubre / Amistad Hispano Soviética



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