Aquí las palabras de un amigo de toda la vida, una confesión de amor infinito que me ha conmovido…, amor y tragedia fluyendo en unas pocas palabras de un revolucionario…
Por José Leonardo Reyes Ríos
En este momento de angustiosa soledad que me estrangula y atenaza mis pensamientos con sus poderosas manos invisibles, en esta época de finales y de principios que no soñé, de muchos sueños truncados, rotos por el tiempo, por las circunstancias que me han tocado vivir… Fueron tantos los momentos en los que intenté escribir imaginados versos de amor, escribirlos con el néctar que emana de esa misteriosa flecha de Cupido que un día me alcanzara en la ‘montaña mágica’…, quería versos que resumieran en un instante un vendaval de emociones…, o al menos conseguir decirlas con palabras fresquísimas, exquisitas, con acciones incesantes repletas de aquel sentimientos que se me introducía en lo más profundo desde cada poro de la piel ¡Y lo hacía! ¡Lo decía! ¡Lo vivía¡ Y cada momento vivido lo sujeté con el hilo invisible de la existencia y los hice míos, los envolví en el regazo de los sueños y lo guardé para siempre en el interior de mi pecho, y por vez primera me sentí feliz, aunque ahora que lo pienso, no sé si merecedor de aquella felicidad…
Había encontrado a la excepcional mujer, y desde aquel momento se convirtió en el centro mismo de mis pensamientos, acciones, emociones, de la vida… Hasta que la tragedia se abalanzó sobre mi insignificante existencia –Todo cambia-; y de repente ya no tenía futuro, era sólo un sujeto que se encaminaba al fin sin ninguna esperanza, era sólo otro más transitando por los renglones de la que sería su mayor tragedia… ¡Ella continuó a mi lado! ¡Decidió llenarme de amor! ¡Darme la esperanza que se había marchado de mi ánfora de las virtudes!; verás que pronto sanarás y podremos disfrutar de nuestro amor me decía, verás que venceremos ante la adversidad repetía en medio de llantos y caricias, pasó el tiempo, y todos se marcharon de mi lado, y en la soledad de la soledad sólo sentía sus manos calidad rodeando mi delgada figura, y vinieron más síntomas, más dolor, llantos, lamentos… La dolencia no remitía, los sentidos perdían su sentido, y el sentimiento de fatalidad se apoderó por muchos años de mi simple lógica de enfermo…
Y quise dejarla marchar, quise que volviera a vivir, me parecía inmoral que ‘disfrutara’ de la vida de un enfermo sin esperanza… Pero ella, convertida en una Titánide permaneció a mi lado…
La patología que se desarrollaba en mi interior lo fagocitaba todo, hasta mi empatía, y de pronto ya no pude reconocerme en lo que era…, me había convertido en otro hombre y no lo sabía…, la enfermedad se había instalado en mi cuerpo, mi alma y mi mente…; y le hice daño, mucho daño, y muchas veces lo quise hacer…, el estado de enajenación permanente se imponía a mi lógica, y mi viejo carácter era consumido por el nuevo, malvado e insensible…
Y se redujeron los versos de amor, las caricias, los sueños, aumentó el dolor… Y aún así ella continuó a mi lado…, amándome… Entonces mis torpes manos escribían las mismas absurdas palabras, las mismas frases nacidas en el árido pensamiento de mi cansado cerebro, y disfrutaba de aquel error sistemático de mi cerebro enfermo…
A lo mejor no hay cura para las enfermedades del alma, a lo mejor la cura es volver al principio para soñar otro final… ¿Pero como volver a ese principio para soñar con ese otro final?
Llegó el tiempo en que mi memoria ya no era capaz de recordar,… llegó el tiempo en que ya no reconocía nada, NADA, todo en mi se extinguía entre tubos de ensayo, jeringas, y muchísimos medicamentos que alteraban mi conducta…; y de repente ya no solo hubo que luchar contra los males de la dolencia que padecía, sino contra los males creados por el entorno que me había abandonado pero que al entenderme sano volvió… Y entonces vino el dolor que sólo se siente en el alma… Y ella resistió…
Todo parecía ya terminado, la cura era imposible, ninguna fórmula farmacéutica aliviaba mis males, y de repente ocurrió lo mil veces soñado, aquella enfermedad que me había esclavizado durante décadas ¡remitía!, y empecé a ser el que había sido, el amor enterrado bajo los escombros relucía entre el cieno de la tragedia sufrida…; pero no era igual, demasiado tiempo callado, demasiado tiempo instalado en la crispación permanente…; demasiado amigos que nunca lo fueron combatiendo desde otro lado contra los dos que se amaban… Contra el sentimiento más poderoso que he experimentado y experimento aunque ya no sé si ella lo quiere…
Paradójicamente, ahora que la dolencia ya casi es cosa de otro tiempo, cuento de otra historia, la he perdido; aunque a decir verdad no sé si la he perdido, tengo la certeza absoluta que aún ella me ama…, lo veo en su tierna mirada…, pero el dolor infringido durante años es muy espeso y se niega a abandonar su corazón… Hago todo lo posible por volver a los tiempos de amor infinito con nueva y renovada esperanza… pero mis esfuerzos resultan inútiles…
Ahora que la soledad es la norma de mi vida quisiera decirle tantas palabras que le negué en esos difíciles años, acariciar su rostro, tomarle de la mano y marchar por la ladera de un riachuelo, sentir su cuerpo deslizarse sobre el mío, besar suavemente sus dulces y húmedos labios de fortísima y delicada ‘Valquiria’…, introducir mis manos entre su cabellera… y enredarme para siempre entre cada uno de sus negros rizos… Quiero volver a verme en sus cristalinos ojos de Amaterasu… y soñar en ellos con otro final, uno lejano en el tiempo, en donde ya ansíanos escuchará mis historias de supervivencia en mis horas más oscuras entre largas y repetitivas frases de amor…
¿Cuántas palabras guardadas? ¿Cuántos sentimientos ocultos? ¿Cuánto amor no expresado? ¿Y cuánto dolor me invade ahora…? ¿Acaso tendré que escalar hasta la luna para tomar una cucharada que me cure de amor? o ¿Sólo me he convertido en otro Garrick?
Hoy la tristeza ocupa el lugar que antes era de la enfermedad, y ya sólo vivo del recuerdo de lo perdido, de lo amado, ya solo vivo de aquel delicado aroma que despide su cuerpo…; porque ella huele como deben de oler los ángeles si existieran; y nunca se lo dije…
De aquel que te ama
*Editado por Pedro José Madrigal Reyes











